INTEGRACIÓN O UNIDAD
LATINOAMERICANA (PARTE I)
Por Claudio Katz.
Integración y unidad latinoamericana son conceptos diferentes. Mientras que el primer término alude a convenios comerciales, la segunda noción sintetiza un viejo anhelo de asociación política. Esta distinción nunca fue estricta y muchos promotores de ambos proyectos han utilizado una u otra denominación.
Pero, en general, la integración es un estandarte de los empresarios que negocian aranceles y la unidad es una bandera antiimperialista de las organizaciones populares.
Esta diferencia se corrobora, en la actualidad, en los proyectos que impulsan los movimientos sociales o corrientes antiimperialistas y en los programas que propician las clases dominantes. En el primer caso se promueve la unidad para coordinar la resistencia popular e incentivar aumentos de salarios, auxilios a los pequeños campesinos y medidas favorables a la salud y la educación pública. El objetivo es proyectar a escala regional los logros sociales obtenidos en cada país.
La integración es en cambio alentada por las clases dominantes, como un medio para afrontar la mundialización con mayor competitividad e incremento de las ganancias. La internacionalización obliga a los grandes grupos capitalistas a asociarse en bloques o perecer en soledad.
Semejante disparidad de objetivos determina el perfil del ALCA, el MERCOSUR y el ALBA. Estas opciones se encuentran ligadas a gobiernos conservadores, centroizquierdistas y nacionalistas radicales. Uribe (Colombia), Lula (Brasil) o Kirchner (Argentina) y Chávez (Venezuela) son los presidentes más representativos de estos proyectos.
Los conservadores propician cursos neoliberales y políticas pro-norteamericanas, recurren a la represión y se oponen frontalmente a cualquier mejora social. Los centroizquierdistas mantienen relaciones ambiguas con el imperialismo y toleran las conquistas democráticas, pero obstaculizan el logro de reivindicaciones populares. Los nacionalistas radicales sobrellevan fuertes conflictos con Estados Unidos, chocan con las burguesías locales e intentan una redistribución progresiva del ingreso.
Pero estas tres orientaciones -que promueven metas de libre-comercio, regionalismo y cooperativismo- deben lidiar con la nueva coyuntura que ha creado el temblor financiero internacional.
Una crisis en el centro
Durante los años 90 las crisis económicas que sacudieron a Latinoamérica empujaron a un segundo plano los proyectos de asociación regional. Posteriormente estos programas resurgieron junto al crecimiento, pero actualmente afrontan un escenario signado por la crisis en los países centrales.
Esta turbulencia se originó en las fuertes quiebras del sector inmobiliario estadounidense y se ha expandido a todo el circuito financiero, afectando la solvencia de los bancos. Los distintos intentos oficiales de contener la epidemia han resultado infructuosos. La reducción de las tasas de interés, el fondo de rescate timoneado por las grandes entidades y el auxilio a los deudores más solventes no han frenado el tobogán recesivo. Tampoco la socialización de pérdidas con socorros oficiales neutraliza un desplome de gran impacto social, si conduce a la masiva ejecución de las viviendas hipotecadas.
El freno productivo es más grave que el registrado en las dos últimas recesiones (1991 y 2001) y declinaciones financieras (caída bursátil de 1987 y burbuja tecnológica en el 2001). Las contradicciones que corroen a la primera potencia han reducido drásticamente su margen para exportar desequilibrios a las economías rivales o a los países dependientes.
Estados Unidos soporta una escalada ascendente de los precios provocada por el déficit público y el encarecimiento de los insumos importados. Necesita repetir la reducción de tasas de interés que contuvo las desaceleraciones anteriores, sin cortar la atracción de capitales extranjeros que financia el desequilibrio presupuestario. También debe controlar la devaluación que genera ese desajuste, para que la atenuación del déficit comercial con mayores exportaciones no amenace la afluencia del crédito internacional.
El retroceso geopolítico de Estados Unidos torna muy difícil el manejo de estas variables. A principios de la década el imperialismo norteamericano contrarrestó las tendencias recesivas con una exhibición de hegemonía militar y autoridad política, pero el fracaso de Irak obstruye la repetición de ese modelo. El pantano bélico en Medio Oriente le ha quitado fuerza para imponer exigencias a los acreedores extranjeros, que ya controlan el 50 % de los bonos del Tesoro.
La recesión norteamericana tiende a expandirse hacia todas las economías avanzadas por la gravitación de un país que aporta el 20% del PBI global, centraliza las finanzas en Wall Street y acapara el 45% del gasto bélico internacional. El contagio tiende a acentuarse por los obstáculos que enfrenta una acción coordinada del Banco Central Europeo con la Reserva Federal. Este desencuentro expresa el novedoso papel que juega el euro como una moneda rival del dólar e ilustra los efectos de la política monetaria dura que prevalece en el Viejo Continente. Esta rigidez apunta a homogenizar la diversidad de situaciones nacionales, que periódicamente socavan la cohesión de la Unión Europea.
Habrá que ver si Estados Unidos puede disciplinar a su gran competidor, con las armas que utilizó en la década pasada para neutralizar el desafío de Japón. Esta potencia asiática tampoco aporta un contrapeso significativo al actual ciclo económico descendente. Su influencia ha decrecido desde que sucumbió ante las presiones monetarias y comerciales del protector militar norteamericano. Recayó en un prolongado estancamiento, cuya finalización coincide ahora con la recaída recesiva internacional.
El ascenso de la semi-periferia
La crisis actual afecta principalmente a los centros de la economía mundial y no a los países dependientes, que protagonizaron las grandes turbulencias de los años 90. Este desplazamiento del ojo del huracán converge con la eventualidad de un contrapeso sustentado en el papel de ciertas economías semiperiféricas. La discusión sobre el rol de China en un posible desacople del ciclo mundial constituye una hecho sin precedentes. (1)
Pero no es lo mismo escapar del temblor que contrarrestarlo. El gigante asiático podría independizarse del impacto recesivo, pero tiene poca capacidad para contrabalancear un freno en el 75% del PBI mundial, que concentran Estados Unidos, Europa y Japón. El cambio de modelo exportador hacia un esquema consumidor que se augura para China socavaría, además, la baratura de la fuerza de trabajo que ha solventado el crecimiento de las últimas dos décadas. Un giro hacia esa nueva estructura constituye una eventualidad de largo plazo, que no resuelve las urgencias de la recesión actual.
La centralidad asignada a China se extiende a otras economías semiperiféricas de envergadura (India, Rusia, Brasil), pero no al conjunto de las naciones dependientes. Sólo un reducido bloque de países denominados BRICs ha ganado peso global, como resultado de dos procesos: la industrialización exportadora sostenida en bajos salarios y el aumento de los precios de las materias primas.
El primer curso prosperó especialmente en China en un contexto de internacionalización productiva, consolidación de las corporaciones transnacionales y generalización de políticas neoliberales. Estas orientaciones alentaron la competencia internacional por fabricar una amplia gama de productos, con sueldos irrisorios y altos niveles de explotación.
El segundo proceso de encarecimiento de las materias primas ha favorecido a los grandes exportadores de petróleo, minerales o cereales y constituye el resultado de un ciclo ascendente iniciado hace seis años. Esta fluctuación combina alzas coyunturales con una reversión del fuerte descenso precedente (1997-2002). Pero también pesa la demanda estructural generada por la industrialización asiática y la depredación de recursos naturales que impone la hiper-competencia capitalista.
La expansión productiva y comercial de la semiperiferia aumentó la gravitación financiera de sus protagonistas. El papel de los fondos soberanos asiáticos en el socorro de los bancos estadounidenses y la novedosa presencia de empresas multinacionales de ese origen constituyen dos expresiones de ese ascenso. Por el momento no se sabe si este avance desembocará en la consolidación de nuevas clases dominantes o concluirá con una abrupta contraofensiva de las potencias centrales.
Este segundo escenario de reacción imperialista predominó entre 1975 y 1982, luego de la etapa de encarecimiento de las materias primas, auge de los petrodólares y retroceso militar norteamericano post-Vietnam. Durante ese período existió una gran expectativa de constituir un Nuevo Orden Económico Internacional, asentado en la influencia alcanzada por el centenar de países que componía el bloque de los No Alineados.
Pero Reagan y Thatcher sepultaron esta esperanza mediante atropellos neoliberales, despliegues militares y aumentos de las tasas de interés. Ese golpe monetario provocó el desplome de exportaciones y la explosión de endeudamiento del Tercer Mundo, que condujeron a dos décadas de regresión en América Latina, Africa, Europa del Este y el mundo árabe. ¿Se repetirá esta contra-ofensiva? Las fuerzas para implementarla comienzan a prepararse, aunque con cartuchos neoliberales más humedecidos.
Al igual que el resto de la periferia la economía latinoamericana es receptora y no generadora de la crisis actual. Se encuentra más protegida de este temblor que en los años 80 o 90, pero a diferencia de China o el sudeste asiático no sustenta ese resguardo en un perfil industrial internacional competitivo. La región sufrió el impacto devastador de la apertura, las privatizaciones y la desregulación, mantiene bajas tasas de inversión y niveles de crecimiento inferiores a otras zonas periféricas.
La desigual dependencia que mantiene cada economía latinoamericana con el motor estadounidense determina un efecto diferente de la recesión en curso. Mientras México y Centroamérica se encuentran muy atados a ese epicentro, el Cono Sur es más autónomo. Esta asimetría es muy visible en el comercio exterior con Estados Unidos (80% México, 20% Brasil y 10% Argentina) y en la incidencia de las remesas de los emigrantes (muy superior en el hemisferio norte). También el encarecimiento de las materias primas es contradictorio. Los beneficios que obtienen algunos exportadores latinoamericanos constituyen padecimientos para los importadores regionales de los mismos productos.
A pesar del aumento de las reservas que se verifica en todas las economías latinoamericanas, la transmisión financiera de la crisis tiende a ser despareja. La desvalorización del dólar y la “fuga hacia la calidad” de los títulos públicos constituyen dos graves amenazas para las naciones más vulnerables. Los países que deben refinanciar su deuda se encuentran además afectados por el encarecimiento del crédito, que acompaña a las turbulencias bursátiles.
Pero todo dependerá en última instancia de la magnitud de la crisis. América Latina puede digerir una desaceleración coyuntural de la economía estadounidense, pero no una depresión profunda del mercado mundial. El escenario que predomine influirá significativamente sobre todos los proyectos de asociación regional.
Agotamiento del librecomercio
La crisis en curso socava todas las distintas iniciativas de libre-comercio que no pudieron encarrilarse luego del fracaso del ALCA. Esta asociación fue concebida a principios de los años 90 para apuntalar a las corporaciones estadounidense y sus socios locales, desde Alaska hasta Tierra del Fuego. Se intentaba reforzar una dominación imperialista clásica, combinando los viejos argumentos de las ventajas naturales con los nuevos espejismos de las privatizaciones.
Este esquema excluía la nivelación de los mercados de trabajo, el establecimiento de monedas comunes y la introducción de fondos de compensación para regiones desfavorecidas. Ampliaba las ganancias de los exportadores y las firmas más internacionalizadas, en desmedro de los sectores más dependientes de cada mercado interno. El proyecto quedó enterrado por conflictos entre empresarios, divergencias entre gobiernos y resistencias populares.
El gobierno de Bush buscó contrarrestar este resultado con la sustitución del convenio único por acuerdos específicos. Ya se han suscripto tratados con ocho países (México, Chile, Centroamérica) que generaron desprotecciones muy semejantes en los países latinoamericanos. Las monumentales asimetrías con el gigante del norte han provocado dramáticas consecuencias en el terreno agrícola, laboral o ambiental. Actualmente se negocian varios TLCs (Colombia, Perú y Panamá), mientras que otros quedaron suspendidos (Ecuador) y algunos formalmente aprobados enfrentan una activa oposición popular (Costa Rica). (2)
Los tratados sufren también un creciente rechazo dentro de Estados Unidos. Los sindicatos y las empresas orientadas al mercado interno objetan el aumento del desempleo y la emigración de firmas hacia países con menores salarios. La mayoría demócrata en el Congreso retacea la aprobación de estos convenios, cuándo han caducado los mecanismos de vía rápida que utilizó Bush para viabilizarlos. La crítica a los TLCs se ha generalizado y existe una fuerte presión para revisar específicamente el NAFTA con México.
Esta oposición expresa la pérdida de iniciativa imperialista que acompañó al ocaso de Bush. Sus últimas giras por Latinoamérica desataron la burla de la propia prensa metropolitana, que comparó los magros réditos de estos viajes con las impactantes visitas realizadas en los años 60 por Eisenhower o Kennedy. Incluso se han deteriorado las alianzas que estableció el Departamento de Estado con presidentes derechistas como Calderón, ante la creciente persecución que sufren los indocumentados mexicanos. Las migajas de asistencialismo que ofrece la primera potencia para atenuar la pobreza regional (becas, ayuda), solo despiertan risas e irritación. Por estas razones América Latina se ha convertido en un gran escenario de manifestaciones antiimperialistas.
Resulta difícil dilucidar si el debilitamiento estadounidense favorecerá la expansión de los tratados de libre-comercio con Europa. La imagen de benevolencia que rodea a estos convenios ha quedado categóricamente desmentida por la letra chica de los acuerdos firmados con Chile, México o el MERCOSUR. En estos pactos están presentes las mismas exigencias neoliberales de propiedad intelectual, reducción arancelaria y protección de inversiones que caracterizaban al ALCA. Otro ejemplo de esta similitud se verifica en los nefastos efectos que generaron las privatizaciones perpetradas por empresas del Viejo Continente. En materia de aranceles o subsidios discriminatorios hacia las exportaciones latinoamericanas, la política comercial europea es un calco de la acción estadounidense.
Pero las prioridades geopolíticas de las corporaciones europeas se ubican en otras zonas del planeta (Este Europeo o Africa). Estas compañías no aspiran a desafiar la hegemonía regional de la primera potencia, aunque buscan participar en muchos negocios rentables de Sudamérica. El retroceso estadounidense podría abrirles una ventana para esta intervención, siempre que el agravamiento de la recesión no incremente el proteccionismo comercial en el Viejo Continente.
En cualquier alternativa España continuará jugando un rol importante, puesto que concentra el 50% de las inversiones europeas en Latinoamérica. Los capitalistas ibéricos reorientaron hacia sus viejos dominios coloniales, gran parte de los fondos de compensación que recibieron durante la unificación del Viejo Continente. Lograron capturar importantes tajadas de las privatizaciones (bancos, telecomunicaciones, energía) y crearon pequeñas multinacionales de cierto peso global (Endesa, Repsol, Telefónica) y fuerte sostén financiero (BBVA, Caixa, BSCH). Esta presencia ha generado un influyente lobby de firmas, que presiona a todos los gobiernos para lograr privilegios en electricidad (Nicaragua), tarifas (Argentina) o explotación petrolera (Bolivia). Cuándo el Rey recurre a la altanería colonialista (“Chávez, por qué no te callas”) alza la voz en nombre de este grupo capitalista.
Pero en el tablero del libre-comercio también despunta China. Sus primeras incursiones han sido tan inesperadas, como su incipiente gravitación en puntos estratégicos del comercio exterior (Panamá y Ecuador). Las empresas asiáticas están particularmente interesadas en ampliar la explotación intensiva de los recursos naturales, que ya practican en Africa. En las negociaciones de tratados con Brasil y Argentina pudo notarse la actitud de gran potencia que adopta China, cuándo demanda garantías para exportar y salvaguardas para importar.
Pero estos avatares no modifican el agotamiento de la euforia en el libre comercio que predominó durante la década pasada. Con el fracaso del ALCA perdieron fuerza las privatizaciones y desregulaciones más descontroladas. Esta crisis se proyecta a numerosos planos de la política económica.
Notas:
1) Esta alternativa se asienta en la magnitud de reservas que han acumulado los países semi-periféricos y su nuevo peso en el comercio mundial. Un análisis de esta novedad presentan: Dos Santos Theotonio. “¿Qué hacer con tanto dinero?”. Página 12, 3-5-07 y Corradini Luisa “Los países emergentes ahora financian a las naciones más ricas”. La Nación , 19-2-07.
2) Un panorama detallado presenta: Martínez Osvaldo. “Por la integración de los pueblos”. Ponencia al Encuentro Hemisférico de lucha contra los TLC. La Habana , 3 de mayo de 2007.
* Este texto fue inicialmente presentado al I Congreso de Economía del Desarrollo. Universidad de Málaga, diciembre de 2007. Actualiza los temas expuestos en Katz Claudio. El rediseño de América Latina, ALCA, MERCOSUR y ALBA. Ediciones Luxemburg, Buenos Aires, 2006.
Claudio Katz es economista, Investigador, Profesor. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda).
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torsdag 20 mars 2008
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